Pan de libertad

Lo más fácil sería resolver, sin mucho discernimiento, para un lado o para otro: comulguen todos o no lo haga nadie.
Que lo puedan hacer todos tal vez conlleve una rápida interpretación -más en línea con la lógica del evangelio- que nos recuerda que ese pan es puro regalo y no es premio para nadie.
Y, si nadie, significaría -ya alejándonos del evangelio- que Dios no es para esta humanidad.
O, por lo menos, para alguna humanidad.
Haber hecho del pan eucarístico un premio o un castigo es una forma muy sencilla y eficaz de disciplinar.
E insistir hasta el cansancio en la enorme distancia que nos separa del Señor, fundamentalmente a causa del pecado, acaba por mutilar el amor y el deseo del encuentro que, según ese modo de pensar, jamás se dará.

La radical condición de salvados nos ubica en la perspectiva del amor que va detrás de otro amor más grande.
Porque hemos sido amados y reconciliados integralmente, lo nuestro siempre es respuesta pequeña, peregrina, amante. Pero respuesta del amor al fin.
Estar ante el Señor en actitud de respuesta, de oído atento, nos devuelve la identidad del discipulado.
Dos imágenes pueden ayudar: María de Betania a sus pies (Lc 10,39) y Mateo levantándose de la mesa de recaudación para sentarse en la de los pecadores (Mt 9,9-13). En ambas se puede percibir el misterio que habita en el pan eucarístico: una presencia misericordiosa, no humillante, que alimenta más que cualquier otra y por la cual vale la pena ponerse de pie y seguirlo.
No hay nada estático en todo esto, sino que es puro dinamismo de vida.
No es repliegue que confunde ensimismamiento con espiritualidad devota.
Es peregrinación atenta, con notas de despojo y un sí reservado para el momento indicado.

A veces pienso que el planteo de tantos hermanos -sobre el permiso para hacer la comunión- al que dolorosamente y como pueden se sobreponen conduce a la nada misma. Culmina en una espiritualidad de encierro y culpas.
Lo correcto debería ser discernir el cuerpo (1Co 11,29). Nos hace bien y no estigmatiza a ningún grupo en la Iglesia.
Es decir, ¿de qué manera estoy viviendo los vínculos del amor? ¿Estoy siendo hermano de quien no come éste ni ningún otro pan?
Huir de una relación con Dios fundada en premios y castigos es entrar en la dinámica del Reino que nos hace libres.

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