Salgamos, a prisa, al encuentro de la vida que clama

Religiosas/os de Argentina
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ConfarSon dos mujeres necesitadas las que se encuentran…
María una mujer joven que necesita tomar distancia de Nazaret para comprender mejor lo que le está pasando e Isabel una mujer mayor que si bien deseaba tener un hijo, fue una sorpresa este niño en su vientre.
Siendo una mujer mayor necesitaba de cuidados.

El Espíritu está arriba de ellas, en forma de sol y de ave… y su resplandor se refleja en sus vientres fecundos.
Es el mismo Espíritude la Creación que “aleteaba sobre las aguas” (Gn 1,2)… el que hace “nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).
El mismo Espíritu que alienta a la Vida Consagrada en estos tiempos donde Francisco no se cansa de decirnos que seamos una Iglesia en salida.
Las dos están con los ojos abiertos, porque la mística de Jesús, es una mística
de ojos abiertos a la vida.
Buscamos la Presencia animante de nuestro Dios en lo de todos los días. En el rostro de Isabel podemos escuchar el Antiguo Testamento que nos revela al Dios Yave: “Yo estoy donde ustedes están” (Ag 2,4) y en el rostro de María, el nuevo testamento diciéndonos a las/os Discípulos/as de Jesús de ayer y de hoy: “Hagan lo que él les diga” (Jn2,5).

Las dos están engendrando vida nueva, sus manos están palpando la Vida.
En las nuevas generaciones de hermanas/os y en nuestras/os hermanas/os mayores está latiendo la Vida.
Nos necesitamos unas/os a las otras/os para ser fieles a lo que el Espíritu está pidiéndonos en estos tiempos nuestros.
Como solía decir nuestro Mártir Enrique Angelelli: “Me siento feliz, de vivir
en la época en que vivo, de cambios acelerados, profundos y universales; porque se nos ha dado la oportunidad de crear algo nuevo”.

Las dos están felices, con una profunda y serena sonrisa, porque las dos confían en la presencia del Dios siempre fiel.
De la boca de Isabel salen palabras de aliento y confirmación:
“Bendito el fruto de tu vientre”(Lc 1,42) “Feliz de Ti por haber creído que la promesa se cumple”. (Lc 1,45)
Y de María brota ese canto personal y colectivo:
“Mi alma canta la grandeza del Señor…”(Lc 1,46)
Así la vida consagrada necesita confirmar y alentar la vida que ya está naciendo, en medio de todo lo que nos pasa.

Las abraza el ceibo, nuestro árbol nacional.
Ellas nos invitan a estar en comunión con la Madre Tierra, tan maltratada. Queremos estar en comunión con nuestra Tierra Crucificada y nuestro Pueblo crucificado y esperanzado.
El árbol nos ayuda a darle continuidad al Plan trienal pasado, donde los “frutos”, “las ramas”, “las raíces y el tronco” nos ayudaron a hablar de los ejes de la Misión, la Eclesialidad y la Humanización-Espiritualidad.

No se ven los pies…
Nosotras/os somos los pies de estas dos mujeres fieles a Dios y a la historia, para que “Salgamos a prisa al encuentro de la Vida que clama”.

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