Misioneras

Primer acto

-¿Le dijiste ya?

-No, todavía no. Hoy no la vi. Pasame pan.

-Mirá que si vos no la encarás, ella te va a seguir esquivando. Qué querés que te diga…

-No digás nada. ¿Llamó mi vieja?

-Pero si vos le hablás o le decís algo, seguro te va a contar. Está todos los días preguntando si viniste, si vas a volver, si ya estás mejor del cuello.

-Ahá. ¿Ya arrancó con la escuela? ¡No me vas a decir que de nuevo no la quisieron anotar!

-Ella se hace la desentendida, viste. Pero en la Granja ya nos habían dicho que iba a mostrar interés un ratito y después se iba a hacer la superada, a la que todo le pasa por encima.

-Debe ser jodido. ¿No quedó tortilla del mediodía?

-¿Le vas a hablar hoy cuando venga?

-¡¡Me querés dejar de inflar la paciencia!! ¡¡Al final, no se puede estar un rato tranquilo en esta casa!!

-Pará, bajá un cambio.

-¡Siempre lo mismo! ¡Laburar, laburar y seguir laburando! Y encima llegás a tu casa y te culpan de todo lo que pasa. ¡Cortala un cachito, por favor! La culpa de todo siempre la tengo yo: le pegan en la calle, ¿quién tiene la culpa? ¡Yo!

-Me parece que vos le tenés miedo.

-Toman alcohol o se drogan, ¡los padres tienen la culpa! Hoy cualquiera habla y dice que los padres somos culpables de todo. ¡Córtenla un cachito, por favor!

-Pero no le tengas miedo vos a ella. Ella te tiene un poco de miedito a vos.

-¡Encarala vos y hablale vos si tanto te preocupa tu hermana! ¡Dejame en paz, por favor!

-Timbre, ¿esperás a alguien?


Segundo acto

-Pero no me vengas ahora con que no sabías dónde te estabas metiendo.

-Bueno, saber lo que es saber no.

-Ya lo teníamos hablado, hace un par de meses, ¿o te lo olvidaste?
Y le dio un abrazo como si recién se hubiesen visto. Mientras dejaron al silencio hacer lo suyo, Martita puso la pava y sacó bizcochitos de la misma bolsa del pan recién hecho. Se habían calentado un poquito por cercanía.

-El me mintió dos veces. Porque ni siquiera me dijo su nombre real.

-Vos tampoco le dijiste que tenés nada más que quince. ¿Tenías miedo que se asustara y te dejara sola?

-¿Y qué querés? Si decís la verdad te quedás como una tarada todo el fin de semana adentro. Además, no lo conocí en ningún lugar peligroso: me lo presentó una amiga.

-¿Y tu amiga de dónde lo tenía? ¿O me vas a decir ahora que era amigo de un amigo?

-Bueno, no. Amigo, lo que se dice amigo, no. No sé de dónde se conocían ellos.
Tomó el mate y lo apretó con las dos manos, mirando cómo la yerba parecía hundirse entre sus dedos con cada sorbo.

-¿Es importante saber de dónde es una persona para darte cuenta si es buena o mala?

-Es importante que las personas sepan que tenés límites. O, mejor dicho, es importante tener algunos límites, saber decir “no” alguna vez.
Y algunas lágrimas empezaron a correr por las mejillas.

-¿Y si no lo encuentro más? Igual le mandé un mensajito diciéndole que quería hablar con él. No le dije para qué, pero creo que se dio cuenta porque está desaparecido. No sé si me bloqueó o cambió el celular. Tocaron timbre, ¿esperás a alguien?

-No, a nadie, ¿pero mientras tanto? ¿Qué querés que hagamos?

-Yo lo quiero tener, pero tengo mucho miedo. ¿Vos no me vas a dejar de querer, no?


Tercer acto

Quien las viera andar así por la calle diría que eran lo más parecido a un “equeco”: cada una traía un rosario en la mano y otro más por si había que regalar, el morral con muchos folletos de la iglesia, una imagen de la virgencita -de treinta centímetros- enfundada en una caja de madera con vidrio en el frente, gorrito blanco las dos con la inscripción “Yo Amo a Jesús”, botellita de agua mineral de medio litro, ropa cómoda y zapatillas por si la caminata se hacía larga.
Habitualmente se les hacía larga porque, por miedo, la gente no acostumbraba a abrir la puerta y le aceptaba folletos pero sin dejarlas pasar.

-Por miedo y porque son de otra religión.

-Bueno, los nuestros tampoco nos abren…

Cuando tocaban timbre, algunos miraban por la ventana y, con las señas que les hacían desde adentro, no les quedaba otra que irse. Siempre quedaba una duda, motivo de discusión cotidiana a la vuelta en el salón parroquial: ¿insistimos la semana que viene otra vez o no volvemos más?

-Acordate que la chica de la otra cuadra nos abrió después de un mes diciéndonos que no podía recibir a nadie y hoy está re contenta con el grupo de jóvenes. La cosa era vencer el miedo y animarse.

-¿Sabés qué pasa, Lola? Nosotras perdemos de vista lo que estamos llevando y a eso sumale que mucha gente no quiere oir hablar de Dios y cosas de la Iglesia.

-No sé si es tan así. La hermanita nos dijo la vez pasada que Jesús va delante de nosotras preparando el camino, ¿te acordás, Nana?

-Bueno, pero andar por la calle adivinando en qué casa está Jesús preparando el terreno…

-¡Mirá que sos irónica! Aflojá Nana.

-Bueno, reíte Lola. Capaz que la gente no nos abre por la cara de… ¡equeco amargado!
Y se terminaron riendo de ellas mismas.

Se sentaron un ratito a tomar agua fresca en el cantero de un tilo y esta vez eligieron a qué puerta dirigirse dejándose guiar por el corazón y después de un par de avemarías.
-Vos llamá ahí y yo llamo acá -señaló la Nana-. Capaz que la virgencita cae justo donde Jesús está preparándole un lugar. ¿Quién sabe, no?

-Si, es verdad. Vaya una a saber qué hay detrás de una puerta.

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