Lázaro tiene hambre

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan”.
“Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí”.
El rico contestó: “Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento”.
Abraham respondió: “Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”.
“No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán”.
Abraham respondió: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán”.

La situación que nos retrata el Señor de manera concreta y simple es una invitación nueva a cambiar la mirada en, por lo menos, un doble aspecto.
El primero se refiere al “cómo” mirar, o sea, el estilo propio que cada uno adopta para ver la realidad. Esa manera respira valores y convicciones que, más tarde o más temprano, se convertirá en hechos concretos.
El segundo aspecto puede referirse al “qué” mirar. Habitualmente, se hacen diferencias entre el “mirar” y el “ver”: éste último como acto natural de la vista y aquél como una opción de nuestra libertad. Sería algo así como que, de entre todo lo que vemos, sólo algunas cosas miramos, determinadas por nuestros parámetros interiores, no siempre del todo conocidos.
En el cuento de hoy, aparecen dos personajes en abierta contradicción: el rico y el pobre. Mientras que el rico es anónimo entre sus placeres, el pobre tiene nombre: se llama Lázaro.
Lázaro no sólo está viendo al rico, sino que además tiene puesta la mirada en él a tal punto que tiene ganas de comerse lo que queda sin comer en su plato. Su visión está integrada en su mirada. Ve y mira al únisono.
Pero no parece ser el pobre el problema, porque el relato dice que el rico no estaba ni enterado que él se estaba muriendo a su puerta. ¿O sí sabía?
¿Y si le preguntamos al rico sin nombre: “viste quién está en la puerta”?
Cuando lo vea, perderá por fin el anonimato y comenzará a ser un “tú” del pobre. Seguramente, sería el principio de una vida nueva.
Pero, hasta ese momento, Lázaro encontraba interlocutores entre los perros.

¿A qué le tenés miedo, rico sin nombre? Si hubieras mirado a Lázaro -a quien ya habías visto y conocido, pues sabías su nombre- él te hubiese contagiado de destinos gloriosos, que no se compran ni se venden porque son gratuitos. Y a él ya le pertenecía un lugar a la derecha del Padre, que era suyo.
En cambio, lo que con tu riqueza y tu anonimato compraste fue una sepultura.

Anónimo rico: Lázaro es Jesús, el pobre de Nazaret, a quien no dejaste sentar a tu mesa; al que tampoco habías dejado nacer en tu casa y lo obligaste a venir al mundo entre animales; al que habías querido matar porque sentiste terror de perder tu corona mugrosa; al que no pudiste aceptar porque era hijo de un carpintero y de una vecina de tu pueblo. Lázaro es Jesús, que toca leprosos y se deja tocar por mujeres de dudosa moralidad; que come y bebe y no es un glotón ni un borracho como vos; es el mismo que cambiaste por tu colección de mandamientos y listado de méritos hechos a tu mezquina medida; es quien, finalmente, intentaste limpiar de la faz de la tierra por miedo a que te destruyese tu fuente de poder y dominio.
Querido rico: mirá y escuchá a los profetas que gritan en tus plazas. Son pobres, inmigrantes, sin techo ni trabajo, enfermos peleados con los sistemas sociales, jovencitas solas, varoncitos lastimados por adultos desvergonzados, nenes que venden estampitas de Dios o almanaques con palabras de amor. Son jóvenes que limpian los vidrios de tu auto y consumen substancias baratas para soñar con un futuro mejor. Viejos que esperan años a ser atendidos por algún médico con algo de sensibilidad. Mujeres y varones consagrados y pastores que no tienen más recursos que su propia palabra y sus ganas de vida, sin bienechores ni trayectoria.
Ellos no son anónimos. Tienen nombre e historia, afectos y vínculos, sensibilidad y algo de misterio.
También tienen un lugar de consuelo en el seno del Dios de Abraham.
Ninguno de ellos es anónimo. El anónimo seguís siendo vos.

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