Epoca de higos

Anabella Motta, trabajadora social,
nos ofrece su reflexión bíblica
desde la libertad de pensamiento aprendida por su fe y su profesión.

Más allá de cualquier exégesis bíblica,
hace una lectura del texto bíblico
como parábola social que enriquece la praxis cristiana y la cuestiona.

 

Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre.
Al divisar de lejos una higuera cubierta de hojas,
se acercó para ver si encontraba algún fruto,
pero no había más que hojas; porque no era la época de los higos…

«Que nadie más coma de tus frutos»
A la mañana siguiente… la higuera se había secado de raíz.
Mc 11, 12-14.20)

 

Este pasaje del Evangelio de Marcos es raro. Si bien no es la única vez que se muestra a Jesús enojado o decepcionado, esta parece ser la menos entendible de sus actitudes. Suena más a un capricho, a un berrinche, que a un reproche fundamentado y sacudidor, como los que suelen aparecer en otros relatos.
Jesús pronuncia una sentencia contra una higuera sin frutos. Entendible, tanto si la higuera simboliza a una jerarquía o a una institución estéril o corrupta (entre medio de este pasaje Marcos coloca la expulsión de los vendedores del Templo), como si la asociamos a la misión de dar fruto que se nos encomienda como discípulos (Jn 15, 16).
Pero, en este fragmento particular, hay una cuestión que Marcos señala y que en principio no deja bien parado a Jesús. O al menos a mí me hizo un poco de ruido. No era la época de los higos.
¿Y entonces? ¿Jesús se volvió loco? ¿No sabía que no era tiempo de higos? Y si no sabía, o no se dio cuenta -cosa poco probable-, ¿por qué Marcos lo explicita? ¿Por qué no omitir ese detalle, y hacer un poco más decorosa, o lógica, la actitud del Maestro? ¿Será que hay algo más?
La higuera hizo lo que se suponía que debía hacer. Respondió perfectamente a lo que se esperaba de ella: higos en época de higos. Y si no es época, no hay higos. Como corresponde.
Hace poco, un amigo me decía algo parecido respecto de la parábola del buen samaritano (Lc 10, 29-37). El sacerdote y el levita obran conforme a la Ley. Hacen lo que se debe, lo esperable, lo normal. De hecho Jesús no parece cuestionar la actitud de esos dos, porque no habían transgredido ninguna norma. Pero destaca y pone como ejemplo la actitud de proximidad del samaritano, que se anima a “romper el molde” y a salir de lo establecido, que se juega por ese “medio muerto” y le salva la vida. Fue inevitable acordarme de esta conversación al leer el pasaje de la higuera.
Jesús le pide al árbol algo que está fuera de tiempo, que no responde a la lógica. Pretende algo que no entra dentro de los parámetros conocidos, que va más allá de los procesos, los peros y las explicaciones.
Y lo hace porque siente hambre.
Parece ser entonces, que cuando hay alguien con hambre, los tiempos, los pasos, las normas, pasan a un segundo plano. “Lo que se debe”, lo que se supone, lo esperable, entra en crisis cuando se pone de frente a la necesidad acuciante y denunciante. Y ya no alcanza.
Volviendo al pasaje de la higuera, podría pensarse que una institución, una iniciativa, una persona, se secan de raíz cuando no pueden “salirse del libreto” para dar respuesta al hambre concreta y urgente de aquel o aquella que las interpela. “Las personas antes que los proyectos” me aconsejó otro amigo hace tiempo, y quizás por ahí vaya la cosa.
No me dejó certezas este relato. Más bien me abrió preguntas e inquietudes. Me hizo preguntarme cuánto me aferro a mis propias estructuras, y cuánto las uso de excusa para no involucrarme.
Y, también, me animó a pensar que a lo mejor en esta época de desigualdades, de pobreza, de violencia, de guerras, de niños muriendo de desnutrición o ahogados a las puertas de su “tierra prometida”, nuestra tarea sea no acostumbrarnos. No acomodarnos a esa época, esperando a que sea “el momento” para jugarnos, para preguntar, debatir, actuar, amar, sonreír, abrazar. Y que, pudiendo ver y escuchar al que tiene hambre, no tengamos época para dar fruto.

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