Creo

Este texto ya tiene diez años
y me pareció oportuno volver a compartirlo.

Creo en Dios, que es un Padre, el Padre,
de quien proviene y en quien se sostiene toda vida;
capaz de tanto amarnos, hasta el punto de lograr que lo amemos en libertad.
Y creo en su obra, el cielo y la tierra;
el cielo de ésta y de todas las noches
y la tierra a la que amablemente bautizamos con el nombre de “patria”.
Creo en Dios, que es Madre,
el vientre primordial y eterno, la vida primera y fontal,
en donde abreva toda ternura y calidez.

Creo en Jesús, el Señor que vino y debe venir.
Que desde el pesebre de Belén ilumina la noche de la humanidad.
Y reconvierte en luminarias
a todos los que decidieron cobijarlo y aceptarlo como Niño.
Y también le creo a la Madre,
quien desde Nazareth viene gestando un “sí” genuino y liberador:
el de los pobres de Yaveh, el del resto fiel y germinal;
“sí” virgen en el que una Iglesia virgen se entronca
toda vez que se reencuentra con su más fina identidad.
Sigo creyéndole a la madre de Caná de Galilea,
procuradora cotidiana del buen vino en las mesas frágiles e incipientes;
a la madre fuerte de Jerusalén,
despojada ella misma de todo querer ajeno al del Cordero inmolado.
Y le creo a la madre fecunda del Cenáculo,
tierra nueva y cielo nuevo para una Iglesia del Espíritu,
que es fuego y brisa entre los hombres.
Creo que Jesús murió y descendió a lo más hondo de la condición humana.
Al infierno de la mentira instalada como sistema;
al lodo de la marginalidad que corroe no sólo la conciencia del amor gratuito
sino también la dignidad;
y creo que sigue descendiendo
a los deshumanizadores centros de poder que,
en nombre de Dios y de la religión, de la verdad y del progreso,
obturan todo atisbo emergente por diverso o cuestionante.
Pero también –y por sobre todas las cosas- creo que Jesús de Nazareth resucitó y vive.
Para la identidad y la reconciliación de mujeres y hombres sedientos de cielo;
para la paz y la justicia de niños y jóvenes, devueltos a sus sueños y esperas;
porque una raza humana liberada resurja cada mañana de sus rencores
y sobreviva a sus desmemorias.
Resucitó y vive para que la Comunidad de discípulos
abra definitivamente las puertas del lugar donde estuvo reunida
por temor y años
y diga lo suyo con la sola fuerza de la palabra y del testimonio;
para que sus puertas dejen de ser barreras
y se reconstituyan en excusas para la inclusión;
para que desaparezca toda forma de dominio de un discípulo sobre otro,
en nombre de prerrogativas distintas de la bautismal.
Resucitó y vive para que toda mujer y todo hombre
descubran la razón de su existir y no tengan necesidad de esconder nunca más
su rostro avergonzado por el pecado o el fracaso, por el error o la perplejidad.
Creo que resucitó y vive para que nunca más
una minoría ignorante del hambre determine
quién come, qué se come, cuándo y en qué cantidad;
para que nunca más ninguna minoría religiosa
domine las conciencias y las mutile,
haciendo difícil el encuentro con el Padre de la misericordia;
para que ya nunca pequeños grupos violentos,
disfrazados de moralistas,
contagien su propio temor a la vida.
Creo que resucitó y vive para que podamos soñar con una tierra de hermanos,
donde la madre naturaleza deje de tomarse revanchas
y nos amenace la vida;
donde a cada familia le corresponda un hogar
y a cada niño un padre y una madre;
donde el enfermo tenga médico y el médico tenga juramento;
donde el que no sabe tenga maestro y el maestro, memoria.
Donde el que busca la verdad simplemente la encuentre y haga de ella una bandera.

Creo en el Espíritu Santo, Señor y Vivificador.
Que tiene la tonada y la cadencia de la comunidad reunida por el Resucitado.
Que no se dejó encadenar a títulos y jerarquías.
Que sigue ungiendo con su perfume a todos aquellos
que reciben la Buena Noticia del Señor Jesús
y no les permite el anonadamiento de su fe y de sus luchas.

Creo que la Iglesia una y santa subsiste en esta comunidad católica
hasta que todas las mujeres y todos los hombres
sean invitados a formar parte del único rebaño,
bajo el cayado del Único y Buen Pastor.
Creo que esta Iglesia pide perdón y es perdonada cada tarde
por haberse olvidado del Cristo pobre y débil
adormecida en el dinero y el narcisismo;
por haberse olvidado que ella es Comunión de todos y no élite de puritanos;
que es mesa de pecadores y no banquete de satisfechos.
Y creo que esta Iglesia canta cada mañana
la verdad joven de quien la rejuvenece y transfigura;
que sigue siendo arcilla en manos de su Único Alfarero;
vasija que da a luz al único Tesoro que la capacita
para hacer de toda mujer y de todo hombre que viene a este mundo
lo que el Padre siempre soñó para ellos: hermanos de Jesucristo.
A él sea siempre la gloria y el honor,
el poder y la alabanza por los siglos eternamente. Amén.

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