“Al inicio de los años noventa un sacerdote me dijo que había abusos sexuales en los conventos y en las casas de formación”

Apertura al mundo como consecuencia de la misión eclesial
Sor Veronica Openibo, SHCJ Sociedad del Santo Niño Jesús
en el marco del Encuentro “La Protección de los Menores en la Iglesia”,
Vaticano, 21-24 de frebero de 2019

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado para proclamar la liberación a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lucas 4, 18-19).

Síntesis
Como resultado de la autocomprensión de su misión en el mundo actual, la Iglesia debe  actualizar y crear nuevos sistemas y prácticas que promuevan la acción sin miedo de cometer errores. Los abusos sexuales por parte de los clérigos son una crisis que ha reducido la credibilidad de la Iglesia allí donde la transparencia debería ser la marca de fábrica de la misión como seguidores de Jesucristo. El hecho de que hoy muchos acusen a la Iglesia católica de negligencia es inquietante. La Iglesia debe hacer todo lo posible para proteger a sus miembros jóvenes y vulnerables. Es necesario concentrarse no sobre el miedo o la vergüenza, sino, sobre todo, sobre la misión de la Iglesia de servir con integridad y justicia.

Introducción
La misión de la Iglesia nace directamente de nuestra comprensión más profunda de la Encarnación. El cristianismo católico se funda sobre la fe en un Dios que ha elegido ser una única cosa con el mundo humano. La autocomprensión de la misión de la Iglesia debe ser una manifestación del Cristo que sabemos que es humano y divino. La entera misión de Cristo consistió en revelar quién es Dios y quién podemos llegar a ser nosotros. Ello implica una aceptación total de todo lo que es humano y de todo lo que hace el poder de la gracia de Dios para transformarnos en testimonios del divino. Nuestra visión del mundo, si es cristiana, se debe basar en el respeto y la dignidad de todo ser humano. Al momento presente vivimos un estado de crisis y de vergüenza. Hemos ofuscado gravemente la gracia de la misión de Cristo. ¿Es posible para nosotros pasar del miedo, del escándalo a la verdad? ¿Cómo quitamos las máscaras que nacen de nuestra escandalosa negligencia? ¿Qué políticas, programas y procedimientos nos conducirán a un punto de partida nuevo, revitalizado, caracterizado por una transparencia que ilumine al mundo con la esperanza de Dios en nosotros para edificar el Reino de Dios? Durante todo el tiempo en el que he estado preparado esta ponencia, mis ojos se nublaron y me he estado preguntado qué significado podría tener esto. Después me acordé de la primera vez que vi la película Spotlight, un drama biográfico americano del 2015 sobre las investigaciones del Boston Globe sobre los casos de abusos difundidos y organizados en relación con los niños en el área de Boston por parte de numerosos sacerdotes y sobre el presunto encubrimiento de las autoridades eclesiásticas.
Al final de la película aparece una larga lista de los casos y de las diócesis en las que tuvieron lugar, y leyendo el número de los niños implicados (y viendo también las grandes sumas de dinero gastados en los acuerdos), derramé lágrimas de dolor. ¿Cómo pudo callar la Iglesia clerical, cubriendo tales atrocidades? El silencio, los secretos llevados en el corazón de cuantos habían cometido los abusos, el tiempo que duraron los abusos y los diversos traslados de los autores de los mismos son inimaginables. Se supone que en el confesionario y en la dirección espiritual existían señales importantes. Con el corazón apesadumbrado y triste, pienso en todas las atrocidades que hemos cometido como miembros de la Iglesia. Las Constituciones de mi congregación me recuerdan que: “En Cristo nos unimos a la entera humanidad, especialmente a los pobres y a quienes sufren. Aceptamos nuestra parte de responsabilidad por el pecado del mundo y, por lo tanto, vivimos para que el amor pueda prevalecer” (SHCJ, Constituciones, n. 6). Tenemos que reconocer que son nuestra mediocridad, hipocresía y condescendencia las que nos han conducido a este lugar vergonzoso y escandaloso en el que nos encontramos como Iglesia. Nos detenemos para rezar: Señor, ten misericordia de nosotros. En Gaudete et exsultate (n. 164) leemos que “quienes sienten que no cometen faltas graves contra la Ley de Dios, pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento. Como no encuentran algo grave que reprocharse, no advierten esa tibieza que poco a poco se va apoderando de su vida espiritual y terminan desgastándose y corrompiéndose”. Por lo tanto, a mi parecer, muchos aspectos de esta afirmación del Papa Francisco destacan respecto al tema de los abusos hacia los menores, como también las siguientes frases del documento preparatorio de la PCB: “Una Iglesia cerrada/apagada no es más Iglesia. Su misión sería inútil. No se trata de renunciar a los principios y secularizar a la Iglesia, se trata de vivir en modo visible y perceptible lo que uno afirma ser, o lo que se es y cómo se es verdaderamente”.
Proclamamos los Diez Mandamientos y “nos jactamos” de ser guardianes de los estándares/valores morales y del buen comportamiento en la sociedad. ¿A veces hipócritas? Sí. ¿Por qué nos hemos quedado callados tanto tiempo? ¿En qué modo podemos dar un vuelco a todo esto transformándolo en un tiempo para evangelizar, catequizar y educar a todos los miembros de la Iglesia, incluidos el clero y los religiosos? ¿Es verdad que la mayor parte de los obispos no ha hecho nada en relación con los abusos sexuales sobre los menores? Algunos lo han hecho, otros no lo han hecho por miedo o para encubrir. Podemos decir que la Iglesia ahora está adoptando medidas para detener la situación, y también para ser más transparente respecto a todo lo realizado privadamente por más de dos decenios, como encontrar a las víctimas de abusos sexuales, denunciar los casos a las autoridades civiles competentes e instituir comisiones. La pregunta hoy tiene que ver más con cómo afrontar la cuestión de los abusos sexuales sobre los menores en modo más directo, transparente y valiente como Iglesia. La estructura y los sistemas jerárquicos en la Iglesia deberían ser una bendición para permitirnos llegar al mundo entero con mecanismos muy claros para afrontar esta y tantas otras cuestiones. ¿Por qué esto no se ha realizado suficientemente? ¿Tenemos otros problemas sobre la sexualidad que no son afrontados en manera suficiente, por ejemplo el abuso del poder, el dinero, el clericalismo, la discriminación de género, el papel de la mujer y de los laicos en general? ¿Quizá las estructuras jerárquicas y los largos protocolos que han influido negativamente sobre la rapidez de las acciones se preocuparon más de las reacciones de los medios de comunicación?

Reflexión
Quiero proponer algunas reflexiones basadas en mi experiencia de religiosa africana. He vivido en Roma durante quince años y en América estudié tres años. Conozco, por lo tanto, estos problemas del Norte del mundo. Probablemente, como muchos de vosotros, he escuchado a algunos africanos y asiáticos decir “no es una cuestión que nos toca, en los países de África y de Asia, es un problema de Europa, de las Américas, de Canadá y de Australia”. Sin embargo, durante nueve años he trabajado en todo Nigeria en el campo de la educación sexual y escuché las historias y aconsejé a muchas personas. Me di cuenta de cuántos fueron – y hoy aún lo son – los graves problemas, y quisiera contar algunas de mis experiencias personales para evidenciar este hecho. Al inicio de los años noventa un sacerdote me dijo que había abusos sexuales en los conventos y en las casas de formación y que, como presidente de la Conferencia de las religiosas nigerianas debía, por favor, hacer algo para afrontar el problema. Un segundo sacerdote, al inicio del año 2000, dijo que un particular grupo étnico practicaba mucho el incesto, pero yo añadí que según mi experiencia personal el incesto es un problema mundial. Un anciano moribundo me reveló que se comportaba en modo extraño a causa de los abusos sexuales padecidos desde la adolescencia por parte de un sacerdote en su escuela. Una chica agredida por un sacerdote a la edad de trece años, después de veinticinco años la encontró de nuevo y él no la había ni siquiera reconocido…

Transparencia
No escondamos más semejantes hechos por miedo a equivocarse. A menudo queremos estar tranquilos hasta que la tempestad se haya calmado. Esa tempestad no pasará. Está en juego nuestra credibilidad. Jesús nos ha dicho: “Quien escandaliza a uno de estos pequeños que creen, es mejor para él que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar” (Marcos 9, 42). Debemos afrontar el problema y buscar la curación de las víctimas de los abusos. La praxis común del clero – en el pasado y en algunas áreas aún el presente – era/es el de apoyar “a uno de nosotros” para evitar traer a la luz un escándalo y arrojar descrédito a toda la Iglesia. Todos los responsables, prescindiendo de su estatus clerical, que son juzgados culpables deben recibir la misma pena por abusos sobre menores. Es mejor tener conversaciones valientes antes que no decir nada para evitar cometer un error. Podemos cometer un error, pero no hemos sido creados para ser un error y los que vendrán nos juzgarán por no haber actuado. El primer paso hacia la transparencia es admitir las violaciones y después hacer público lo que se ha hecho desde los tiempos del Papa Juan Pablo II para sanar la situación. Quizás a los ojos de muchos no bastará, pero demostrará que la Iglesia no se ha quedado en total silencio. Debemos construir procesos más eficaces y eficientes, basados en la búsqueda del desarrollo humano como también del derecho civil y canónico, para la Tutela de los Menores. Después en toda diócesis, políticas y líneas guía para la tutela clara y comprensiva deben estar expuestas en modo visible en las diversas oficinas parroquiales y publicados en red. Debe existir una gestión mejor de los casos a través de conversaciones cara a cara, transparentes y valientes tanto con las víctimas como con los culpables, como también con los grupos de investigación. En algunas partes del mundo, también en países de África y de Asia, no decir nada es un error terrible como hemos visto en muchos países. El hecho que allí existan grandes problemas de pobreza, enfermedad, guerra y violencia en algunos países del Sur del mundo no significa que al tema de los abusos sexuales se le tenga que quitar importancia o ignorar. La Iglesia debe ser proactiva en afrontarlo. La excusas que se deba respecto a algunos sacerdotes en virtud de su edad avanzada y de su posición jerárquica es inaceptable. Según este razonamiento, muchos de aquellos que han perpetrado tales crímenes son ancianos, algunos no están vivos y, por lo tanto, no tenemos que perjudicarles a ellos y a su reputación quitándoles el sacerdocio en edad avanzada. Podemos sentir lástima por aquellos que en edad más joven, cometieron ofensas que ahora salen a la luz. Pero mi corazón sangra por las víctimas que han vivido por años con el inmerecido sentido de vergüenza y de culpa a causa de las repetidas violencias. En algunos de estos casos, los autores de las ofensas no han visto siquiera a las víctimas como personas, sino como objetos. Es verdad que, como Iglesia, creemos en el arrepentimiento del pecador, en la conversión de los corazones y en la gracia de la transformación: “Ve, y de ahora en adelante no peques más” (Juan 8, 1-11). En algunos esto puede crear un fuerte dilema, especialmente cuando sabemos que quien ha perpetrado los abusos, a menudo ha sido a su vez víctima. ¿Debemos explorar más en profundidad lo que significa para nosotros justicia con compasión? ¿Cómo podemos ayudar a crear el ambiente para la oración y el discernimiento para que la gracia de Dios nos ilumine sobre la justicia, de tal manera que pueda existir transformación y curación tanto para las víctimas como para los culpables? Tenemos que descubrir dónde en el mundo (no solo en los países más ricos) se desarrollan las mejores prácticas para que esto se realice, y si podemos ponerlas en práctica. Muchas de ellas se pueden encontrar en la Iglesia. Haciendo públicos los nombres de los culpables, ¿podemos hacer pública una entera serie de informaciones relativas a estas situaciones?

Un camino estratégico para seguir adelante
Está emergiendo claramente que para muchas víctimas ser escuchadas y ayudadas psicológica y espiritualmente ha sido el inicio del proceso de curación. ¿Podemos formar tantas personas sensibles y compasivas para ofrecer este servicio en todos los países, incluidos los lugares en los que es difícil poner sobre la mesa algo para comer? ¿Existen modos para ayudar a las parroquias a curar a las víctimas usando su sabiduría tradicional? ¿Recurrimos a la predicación y a otros medios para afrontar las cuestiones sexuales en la sociedad? ¿En qué modo las diócesis pueden colaborar estratégicamente para ofrecer programas educativos y kits formativos que tomen en cuenta la cultura? Este material respetuoso de la dignidad de la persona humana, y que evidencie comportamientos inaceptables, podrían ser utilizados en parroquias y escuelas, hospitales y otros lugares en los que se desempeña el ministerio pastoral. ¿Cómo podemos seguir afrontando en modo muy concreto las cuestiones de la prostitución y la promiscuidad en el mundo? Se necesitan católicos, junto con otras personas con principios símiles, en puestos influyentes, por ejemplo en la industria cinematográfica, en la televisión y en la publicidad. Se les podría animar a reunirse y a reflexionar sobre su papel para promover una mejor visión de la persona humana. Es necesario concentrarse en el deservicio para con los hombres en toda cultura patriarcal en el ámbito de la sexualidad. Examinando cómo utilizar mejor los medios de comunicación social para educar a las personas en todo el ámbito de la sexualidad y de las relaciones humanas. Es, sin duda, esencial, una educación y una formación clara y equilibrada sobre la sexualidad y los confines en los seminarios y en las casas de formación; en la formación permanente de los sacerdotes, religiosos y religiosas y obispos. Me preocupa cuando en Roma y en otros lugares veo a los seminaristas más jóvenes tratados como si fueran más especiales que cualquiera, animándoles de ese modo a asumir desde el inicio de su formación, ideas exaltadas respecto a su estatus. El estudio del desarrollo humano tiene que suscitar un serio interrogante sobre la existencia de los seminarios menores. También la formación de las jóvenes religiosas puede, a menudo, llevar a un falso sentido de superioridad respecto a las hermanas y a los hermanos laicos, a pensar que su llamado es “superior”. ¿Qué daño ha hecho este modo de pensar a la misión de la Iglesia? Hemos olvidado la referencia del Vaticano II en Gaudium et Spes a la llamada universal a la santidad? Además, debemos pedir a los laicos responsables y sensibles y a las religiosas, realizar una valoración verdadera y honesta de los candidatos al nombramiento episcopal. ¿Sería posible lanzar el desafío a cualquier diócesis para reunir hombres y mujeres de integridad: laicos junto con religiosos y clero, para formar una comisión conjunta que comparta la experiencia sobre los procedimientos y los protocolos, las implicaciones legales y financieras de las denuncias y los necesarios canales de responsabilidad e imputabilidad? Una persona cualificada – laico, religioso o sacerdote – podría ser el presidente ideal de un tal grupo. Además, debería buscar entender cómo afrontar mejor las graves cuestiones de los abusos sexuales que están estallando en algunos países asiáticos y africanos como ya ha sucedido en otros lugares. Muchas personas que han padecido abusos sexuales por parte de sacerdotes y otros con alguna función pastoral, sufrirán mientras resurgirán recuerdos traumáticos. A algunos se les recordará que podrán ser desenmascarados como autores antiguos o actuales de abusos, o ser acusados de haber encubierto símiles hechos. Muchos, en las diversas formas del ministerio, encontrarán personas, familiares, adultos y/o niños, que han padecido o que padecen abusos y deben saber cómo responder en modo adecuado. Algunas acusaciones resultarán ser falsas, lo que causará sufrimientos de otro tipo. El impacto de la fe perjudicada en la Iglesia no será jamás evidenciado, ya que muchos católicos están o estarán enojados o confundidos. También las personas que ocupan alguna posición de autoridad deben saber qué decir o hacer en términos de respuesta cuando las cuestiones llegan a los medios de comunicación.

Conclusión
Sabemos que el aspecto más importante es la proclamación del Evangelio en tal modo que toque el corazón de los jóvenes y de los ancianos. Estamos llamados a proclamar la buena nueva pero debemos SER buena nueva para las personas que servimos hoy en día. No hay por qué asombrarse, por lo tanto, si el Papa Francisco ha declarado octubre 2019 el Mes Misionero Extraordinario. La Iglesia, en la misión que ha recibido de Jesucristo, debe estar abierta a una mayor transparencia, ya que nos mandan en el mundo local y globalmente. Todo nuestro ser no consiste solo en custodiar la fe, sino también vivir en modo visible y claro lo que afirmamos ser. Estamos llamados como Jesús en su declaración de misión: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado para proclamar la liberación a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lucas 4, 18-19).
Como orientación o apéndice quisiera destacar lo siguiente:

El Espíritu del Señor está sobre cada uno de nosotros aquí;

ha consagrado con la unción a todos nosotros;

para anunciar a los pobres un alegre mensaje, a los vulnerables, protegiendo especialmente a los niños indefensos, buscando justicia para las víctimas de abuso y adoptando medidas para evitar que se repitan tales abusos;

para proclamar a los prisioneros la liberación: los que han cometido abusos tienen necesidad de redención, conversión y transformación;

y a los ciegos la vista: a aquellos que no ven los problemas o que se concentran en proteger “lo nuestro”, o que callan o encubren, tienen necesidad de recuperar la vista;

para poner en libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor, tomando las medidas necesarias y manteniendo la tolerancia cero hacia los abusos sexuales liberaremos a los oprimidos. Este es nuestro año de gracia, asumamos con valentía la responsabilidad de ser verdaderamente transparentes y responsables.

Regresando al tema de esta ponencia, otro pasaje para la autocomprensión se toma de Mateo (5, 14-16): “Vosotros sois la luz del mundo; no se puede esconder una ciudad colocada en la cima de una montaña, ni se enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín, sino en el candelabro para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. He leído con gran interés muchos artículos sobre las reacciones del Papa en el caso de los obispos chilenos, desde la negación de las acusaciones a la rabia por el engaño y el encubrimiento, a la aceptación de las dimisiones de los tres obispos. Le admiro Hermano Francisco, por haberse tomado el tiempo, como buen jesuita, para discernir y para ser tan humilde al cambiar de idea, pedir perdón y actuar: un ejemplo para todos nosotros. Gracias Papa Francisco, por haber ofrecido a todos nosotros esta oportunidad de controlar y verificar dónde hemos actuado en modo extraño, con ignorancia, en secreto y complacencia. Creo que modificaremos, con gran determinación, nuestro completo acercamiento ante la denuncia de abusos, sosteniendo a las víctimas, buscando a las personas adecuadas para acompañar y ofrecer apoyo a las víctimas y, sobre todo, al hacer todo lo posible para proteger a los menores y a los adultos vulnerables de cualquier forma de abuso. Gracias también por haber ofrecido a las religiosas, a través del ejecutivo de la Unión de las Superioras Generales (UISG), la oportunidad de participar en esta conferencia. Las mujeres han adquirido mucha experiencia útil que pueden poner a disposición en este campo, y ya han hecho mucho para sostener a las víctimas y también para trabajar en modo creativo sobre su uso del poder y de la autoridad. Espero y rezo para que al final de esta conferencia elijamos deliberadamente romper con cualquier cultura del silencio de los secretos entre nosotros, para hacer entrar más la luz en nuestra Iglesia. Reconocemos nuestra vulnerabilidad; seamos proactivos y no reactivos al afrontar los desafíos que se presentan al mundo de los jóvenes y de las personas vulnerables, y profundicemos sin miedo en las demás cuestiones de los abusos en la Iglesia y en la sociedad. Quisiera que recordáramos las palabras del mismo Papa Francisco: Un cristiano que no sigue adelante tiene una identidad que no “está bien”… El Evangelio habla claro: El Señor los envió diciendo: “Id” El cristiano camina, supera las dificultades y anuncia que el Reino de Dios está cerca.
Gracias

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