Oración del enfermo enfermado

Hace algún tiempo atrás, un anciano me preguntó por el sacramento de los enfermos.
El quería recibirlo pero no lo conocía demasiado en detalle.
Hablamos largo rato sobre la enfermedad, la edad, los límites que la vida impone, etc.
Antes de orar, ya al final de nuestro encuentro, dijo más o menos estas palabras:
– Yo no me siento propiamente enfermo, tengo achaques, cansancios, me duelen los huesos… lo normal -y se rió-. Pero sí creo que vivo en un ambiente que está enfermo, donde nadie se comunica realmente con nadie y sin embargo todos están metidos en la vida del otro; quieren saber qué hace, qué hizo, qué dijo, con quién durmió… y después lo publican como si fuesen recetas de cocina. Y son muchos los que comen estas porquerías todos los días.
Yo hacía silencio, no sabía qué debía decir realmente.
Finalmente agregró:
– Siento que esto me enferma, me roba las ganas de vivir, porque nunca sé a ciencia cierta con quién estoy.
De regreso a casa recordé las palabas de un salmo y lo googleé.
Era el salmo 41, que anduve repitiendo durante algunos días y, de paso, me unía a aquel anciano.

Feliz el que se ocupa del débil y del pobre:
el Señor lo librará en el momento del peligro.

El Señor lo protegerá y le dará larga vida,
lo hará dichoso en la tierra
y no lo entregará a la avidez de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en su lecho de dolor
y le devolverá la salud.

Esta bienaventuranza hebrea, Jesús, me hizo recordar las tuyas.
Tiene tu estilo.
Es provocadora, desinstala, mira el mundo desde la fragilidad.
Con el salmista te pido, Jesús,
libertad en el peligro,
vida abundante, dicha y protección de los enemigos;
sosteneme en el dolor y cuidá mi salud.
Pero también te pido
por sobre todas las cosas, Señor,
que nunca olvide al pobre y al débil.
Que de ellos me ocupe.
Amén.

Yo dije: “Ten piedad de mí, Señor,
sáname, porque pequé contra ti”.

Qué bien me caben estas palabras, Señor.
Juntar en un solo pedido la sanación y el perdón
es propio de mi humanidad resquebrajada.
Vos sos el Justo y el Piadoso.
El Clemente y el Compasivo.
En tus ojos habita mi paz, Jesús.

Mis enemigos sólo me auguran desgracias:
“¿Cuándo se morirá y desaparecerá su nombre?”.

Estas palabras son tuyas, Jesús,
pronunciadas desde el manso Calvario,
donde contemplaste toda la oscuridad de esta tierra,
y perdonaste y socorriste a esta humanidad cómplice,
capaz de corromperse, ignorante de la Vida.

Si alguien me visita, habla con falsedad,
recoge malas noticias y las divulga al salir.

Te pido que no olvides a aquel anciano
que está unido a tu cruz
y que se siente enfermo no a causa de su cuerpo
sino por su ámbito de vida.
Te pido por los coprófilos
que roban medias verdades y con ellas alimentan a sus hijos.
Vos sabés, Jesús, que entre tus pastores y tus consagrados
son muchos los que viven así.
Se hicieron coprófagos.
Dejaron de nutrirse de las palabras que salen de tu boca
para vivir mendigando las migajas que les tiran sus informantes.
Y junto a la vertiente de agua pasan sed.
Están desnutridos de vos y contaminan todo con su interminable ruido interior.

Mis adversarios se juntan
para murmurar contra mí,
y me culpan de los males que padezco, diciendo:

“Una enfermedad incurable ha caído sobre él;
ese que está postrado no volverá a levantarse”.

¡Señor, aquel anciano no estaba enfermo;
lo enfermaron las lenguas de quienes debían cuidarlo!
Señor, en lugar de ocuparse del débil y del pobre
lo llenaron de culpas y angustias
Señor, liberá a tu Iglesia del tormento de las acusaciones y las descalificaciones,
liberala de las palabras hijas del mal espíritu,
del comentario envidioso y la maldición.

Señor, liberanos de pretender controlar tu obra.
Cuidanos de la desesperanza que vuelve gris el futuro.
Y protegenos de quienes contagian su miedo al amanecer,
de quienes simulando preocuparse de sus hermanos
roban hasta las ganas de vivir.

Hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba,
el que comió mi pan, se puso contra mí.

Triste y pobre la vida de Judas y de los Judas, Señor.
Puedo vislumbrar tu dolor cuando lo veías, en rincones oscuros, tramando contra vos.
¿Qué pensabas cada vez que lo descubrías en esa actitud?
Toda tu comunidad sabía que él era ladón.
Señor, sus hermanos no confiaban ni siquiera en sus intenciones.
Sus palabras venían contaminadas y ya nadie le creía.
Se habían distanciado tanto de él que ni siquiera estaban al tanto de sus entuertos.
Señor, ¿vos realmente creías que él cambiaría de vida?
El corazón humano es desconcertante.
Y tu actitud nos sitúa en la perspectiva de la resurrección:
es mejor esperar tu última palabra.
Jesús, mientras un Judas nos quiera robar la paz desde dentro o desde fuera de tu comunidad, nosotros seguiremos ocupándonos del pobre y del débil
según tu mandato, para nuestra bienventuranza.
Y a la espera de tu palabra final.

Pero tú, Señor, ten piedad de mí;
levántame y les daré su merecido.

Señor, pongo en tus manos todos mis deseos anticipatorios.
Renuncio a mi justicia inmisericorde
para aguardar la tuya que me supera y me humaniza.
Y me da Vida.

En esto reconozco que tú me amas,
en que mi enemigo no canta victoria sobre mí.

Señor, te vuelvo a pedir por aquel anciano.
Te pido por quienes comparten el mismo pan con sus propios Judas.
Te pido por los coprófilos y los coprófagos
y también por quienes temen a su propio pasado
y viven como suyas las vidas de los otros.
Te pido por quienes viven robando la paz en sus comunidades
y alimentan a los suyos con su propia inquietud envuelta en evangelio.
¡Liberá, Jesús, a tus comunidades
para que venga tu Reino de alegría y gozo,
de confianza y hermandad!

Tú me sostuviste a causa de mi integridad,
y me mantienes para siempre en tu presencia.

Señor, estas palabras tienen sabor a Resurrección;
son las que pronunciás cuando salís del sepulcro y lo dejás definitivamente vacío.
Que esta Iglesia, Señor, también cante y alabe,
se goce y haga fiesta
porque rompiste todas las muertes
y viniste a buscarnos
para vivir en plenitud de hijos.

¡Bendito sea el Señor, el Dios de Israel,
desde siempre y para siempre!
¡Amén! ¡Amén!

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